¿Una nueva “crisis de las democracias”? F.J. de la Cruz

¿Una nueva “crisis de las democracias”?

El historiador Maurice Duverger calificó, al periodo entre las dos guerras mundiales, con la expresión “crisis de las democracias”. Duverger exponía que las democracias, como consecuencia de la primera guerra mundial, habían evolucionado hacía regímenes de corte presidencialista, en los que los parlamentos habían perdido parte de su poder. Por otro lado, la victoria de los soviets en Rusia, había supuesto un nuevo régimen dictatorial, además de una amenaza de expansión del mismo modelo a otros países europeos. La situación se agravó de la mano de la crisis económica que se manifestó a partir del crack del 29, con el auge del fascismo y de regímenes dictatoriales de derechas, y del aumento de la intervención estatal como vía de superación de la crisis.

Pero Duverger añadía que la crisis de las democracias era fruto también de la irrupción de las masas y su demanda de participación política, poniendo de manifiesto lo limitado del modelo liberal burgués. La participación de las clases populares y obreras, no supuso una mejora de la democracia, ya que estos grupos consideraban el sistema parlamentario como un medio para llegar a construir el “paraíso socialista”. A su vez, los propios burgueses empezaban a renegar de la democracia, al comprobar que el sistema servía para el ascenso de las clases populares y el desarrollo de políticas contrarias a sus intereses. La sociedad en general se había vuelto contra la democracia, lo que unido a las circunstancias bélicas, económicas y sociales, hicieron posible el viraje hacia regímenes dictatoriales, fascistas y comunistas, y la posterior guerra.

Traigo a colación a Duverger y su tesis porque quizás, estos tiempos que vivimos, también puedan ser calificados de “crisis de las democracias” y algunas situaciones actuales sean semejantes a las de aquel periodo con excepción, quizás, de no encontrarnos en un periodo de potsguerra. Al igual que Duverger me refiero, fundamental aunque no exclusivamente, a nuestra vieja Europa.

Por un lado nuestros sistemas son cada vez menos democráticos:

1º.-Nuestros parlamentos han perdido parte de su poder y cada vez más decisiones escapan a su control. Desde el proceso de integración europea, buena parte de las decisiones quedan en manos de eso que llamamos “Europa”, que no siempre se “toman” en el Parlamento Europeo (elegido democráticamente por los ciudadanos), sino en la Comisión Europea (reunión de los presidentes de cada país). ¿Cuántas veces oímos los ciudadanos la expresión de que determinada medida, ley, etc… se toma para adecuarse a las directrices, normativas, reglas,… europeas? y “¡qué el no cumplimiento de una normativa nos acarrea una determinada sanción!”.

2º.-La crisis económica: Durante esta fuerte y duradera crisis económica que se ha vivido en Europa, los Estados han tenido que desarrollar unas políticas impuestas “desde fuera”. Los Estados, privados de su propia política monetaria y crediticia, han estado sometidos a los dictados del Banco Europeo y a las exigencias de control del déficit, condicionando las ayudas a políticas concretas. La alternativa a esa propuesta era el abandono de la Unión. Este fenómeno de pérdida de la capacidad de decisión es el que hábilmente se ha explotado en Gran Bretaña con la campaña por el Brexit y del que hacen gala algunos partidos en diferentes estados europeos.

3.-Otro síntoma es el mayor peso del ejecutivo, o la deriva hacia el presidencialismo dentro de nuestros sistemas parlamentarios. Casos muy claros los tenemos en Rusia, Turquía y Polonia. Algunos pueden pensar que son países del este, con menor tradición democrática, pero es también el caso de  EEUU y los intentos de Trump  de gobernar a golpe de decreto. Ha sido un presidente francés, Emmanuel Macron, el que recientemente ha amenazado a su parlamento con recurrir a “otros medios” si el parlamento no aprueba con rapidez sus reformas. Y no nos olvidemos de la “reforma express” de la constitución española sin pasar por un referéndum, imponiendo que el pago de la deuda es prioritario a cualquier otro tipo de gasto, lo que, a todas luces, supone una limitación para cualquier gobierno presente y futuro.

4º.-No hemos dado, afortunadamente, el siguiente paso que es caminar hacia regímenes plenamente dictatoriales. Sin embargo hemos visto el auge de partidos neofascistas en países tan progresistas como Francia y Alemania, y a un importante repunte del nacionalismo, bien sea en su vertiente de odio y rechazo al extranjero o en su vertiente política de búsqueda de la independencia, en cualquier caso excluyentes y diferenciadores y del todo elitistas (Una máxima de cualquier nacionalismo es que, con su autogobierno, las cosas irían mejor, por lo que los responsables de sus males y miserias siempre son los “otros”).

Como decíamos al principio, el otro elemento al que Duverger hace referencia era a la irrupción de las clases populares. En estos momentos no se ha producido la irrupción de las clases populares, sino la irrupción de los descontentos con el sistema  y de los que se sienten desplazados.

1º.-Nuevos partidos que copan gran parte del arco parlamentario en Grecia, Italia o España. Países enteros como Francia que ven desaparecer las viejas formaciones políticas (un partido socialista prácticamente desaparecido), el auge de formaciones nacionalistas y de extrema derecha en países como Alemania, Bélgica, Holanda,…

2º.-Y el debate que se produce es el mismo al que aludía Duverger. Por un lado las élites y partidos que tradicionalmente han ocupado el poder se cuestionan el sistema, ya que está permitiendo ese fenómeno de ascenso de los “descontentos”. Piensen por ejemplo en las críticas que recibió la realización del referéndum sobre el Brexit en Inglaterra, o la postura de Europa ante el referéndum griego que inicialmente no aceptaba las condiciones impuestas por la Troika a Grecia,… democratizar la democracia parece que no gusta a los actuales “defensores-detentadores” de la misma. Aparecen mensajes, de la necesidad de “tutelar al pueblo” o de “no consultarle”, para evitar “errores”. En mi ingenuidad soy de los que piensa que, si el pueblo es soberano tiene derecho, en el ejercicio de su soberanía, a tomar decisiones que resulten erróneas o perjudiciales, sin la tutela de nadie y que eso consiste la soberanía popular y la democracia.

3º.-Algunas de las nuevas formaciones ven el actual sistema democrático como un medio para fines no plenamente democráticos. Esto es claro en los partidos de extrema derecha que abogan en sus programas electorales por regímenes presidencialistas, reducción de derechos, cierre de fronteras, aumento de fuerzas de seguridad y desmantelamiento del sector público e, incluso, abandono de la UE. Pero quedan en el aire muchas incógnitas respecto a otros partidos y movimientos que plantean una recuperación del sector público y un mayor intervencionismo estatal en la economía, finanzas, etc… a la vez que una mayor descentralización política ¿hasta qué punto? ¿Dónde está el límite en el que un mayor intervencionismo del estado no debilite-suplante la democracia? El debate entre la relación de  la justicia/solidaridad con la libertad está más candente que nunca, aunque actualmente se disfrace bajo otras palabras y expresiones. El problema es que un fuerte desequilibrio a favor de uno u otro, cuestiona la democracia en sí misma.

4º.-Los niveles de participación democrática son cada vez más bajos (desde 1999 menos del 50% en los procesos electorales europeos). Y no sólo los de participación en los diferentes procesos electorales, sino también en los niveles de afiliación política, sindical, económica y social. Por otra parte los niveles de descontento con la política, las instituciones y los políticos, son cada vez mayores. Que la política y la corrupción se hayan convertido en una de las preocupaciones más importantes de los ciudadanos, resulta alarmante. Más aún que la clase política no se sienta responsable de este hecho y apele a la “educación” para combatir el auge de los extremismos, sin asumir que la mayor parte de responsabilidad en el descrédito de la política, viene de la forma en cómo se ejerce ésta.

No es más que un paralelismo entre ambos periodos y, seguramente, el desenlace no vaya a ser el mismo. Pero si creo debiera ser un aviso y una invitación a la reflexión. La Historia no aporta soluciones, pero obviarla y no aprovecharse de la experiencia y enseñanzas que nos aporta, sería un grave error. No en balde Cicerón decía que: “No saber lo que ha sucedido antes de nosotros es como ser incesantemente niños”, aunque el más pragmático Benjamín Jarnes, novelista español, opinaba que: “La Historia no es la maestra de la vida: nadie escarmienta.”

Fco. Javier de la Cruz Macho

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