Las campanas ancestrales de nuestros pueblos. Santiago Zurita

Las campanas de nuestras iglesias, como las de todas las ciudades, tienen voces particulares, divinas y humanas, inigualables, mágicas, inconfundibles, y esa voces fueron, en su día, alta tecnología capaz de trasmitirnos alegría, regocijo, si bien otras lloraban de tal forma que nos encogía el corazón.  Mensajeras de lo cotidiano y de lo sagrado, del  día y de la noche, del principio y del fin de la jornada, del granizo y del fuego, de la vida y de la muerte, las campanas funcionaban con códigos que la mayoría de los vecinos conocían y apreciaban.

Un grupo de amantes del pasado, los campaneros villaltanos, de uno de nuestros pueblos palentinos, Villota del Páramo, muy cerca de Saldaña, ha recuperado y adecentado la torre de la iglesia para que no solo cumpla su cometido atávico, sino para que sea el faro del páramo, iluminando la vista nocturna de los vecinos. Hoy la torre es algo más que unas campanas que tañen rompiendo el silencio, es una luz que compite con los millones de estrellas del firmamento, un haz robado al sol del crepúsculo y atrapado en la noche oscura del páramo; un faro lejano para el caminante perdido; una torre de ladrillo envidiada por la luna, un guiño cariñoso de la tierra palentina a todos sus vecinos.

Y es que este pueblo por el que cruza la cañada real, regulada por un edicto de Alfonso X el Sabio allá hacia finales del siglo XIII, goza de una salud envidiable, pues por sus calles y, en especial, por la torre de su iglesia corre una aire de lo más puro, nacido de las estribaciones de los Picos de Europa y de los bosques que recorren el costado oeste de esta tierra. Y para el aventurero o el peregrino que no haya probado aire tan bueno, le recomendamos que haga una parada y se suba al campanario desde donde se puede contemplar la cara sur del Espigüete o del Curavacas, o el vello de la tierra en forma de trigo, de un color pastel claro, no demasiado lejos del verde nacido de los robles, de los campos púrpuras de brezo o del bosque de pino.  Y desde esa atalaya podrá recuperarse y llenar los pulmones de un aire único con sabor a tierra palentina, alimentar el alma con esa Castilla vieja, sabia y del tiempo olvidada, a la vez que escuchar algún toque de campana que le transporte a épocas perdidas en una mañana soleada de algún solsticio, o simplemente charlar con algún paisano que le invite a un buen trago de vino para sacarle aún más fuerzas al camino.

Por Santiago Zurita

 

 

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