La transexualidad en la infancia y la adolescencia (J.L. Pedreira Massa)

 

La transexualidad en la infancia y la adolescencia: Algo presente, a considerar y no es una enfermedad 

J.L. Pedreira Massa

(Ateneista. Psiquiatra y Psicoterapeuta de niños y adolescentes. Profesor Tutor de UNED)

 

En los últimos meses está apareciendo en la prensa múltiples noticias acerca de la transexualidad en la infancia y la adolescencia o, si quieren vds, de infancia y adolescencia transgénero. Los enfoques han sido variados: el autobús tránsfobo que difundía errores conceptuales llenos de odio, el incremento de agresiones de transfobia en las calles, el agotamiento en las farmacias de alguno de los tratamientos que tenían personas transgénero, la aparición de algunos marcos legales que reconocían la identidad sexual de forma dinámica y actual, por ejemplo Madrid y recientemente la Comunidad de Valencia. Son varios ámbitos y son diversas dimensiones: legales, sociales y médicas. Pero ¿existen bases científicas que puedan aclarar este panorama? Voy a intentar exponer algunos resultados publicados en Revistas profesionales de impacto científico, luego que cada uno reflexione y obtenga conclusiones, pero con fundamento.

 

Desde la perspectiva del desarrollo humano la obtención de la identidad sexual debe considerarse como un componente más, uno más entre otros, de la configuración de la obtención de la propia identidad como sujeto y como persona, es decir forma parte del proceso de “yo soy”, por lo tanto no debe ni puede ser considerado como patológico puesto que se va configurando de forma evolutiva, otra cosa son las consecuencias evolutivas de ese proceso, que acontece como en toda persona con sus avatares sus elementos de riesgo y sus factores de protección. Volvamos a la identidad sexual, se adquiere por varios componentes: unos de base somática y biológica (la genética, la anatomía y la fisiología) que solamente es una configuración externa, posiblemente importante y necesaria, pero claramente insuficiente. El segundo grupo son de base socio-cultural (la educación y el marco de relaciones sociales), este grupo es la base formativa y relacional entre cada niño o niña y el contexto externo de referencia. El tercer grupo de factores tiene que ver con los factores psicológicos que configuran la identidad psicológica y la identidad psico-social, es decir son el núcleo para diferenciar la obtención de una orientación sexual (se refiere a la elección del objeto de amor del mismo o de diferente género) y de la identidad sexual, es decir terminar de configurar los procesos identitarios.

 

Es tal la importancia de lo que se ha expuesto que los Cuadernos de Bioética de España en el año 2012 decían de forma textual: “La identidad sexual forma parte de la identidad de cada persona. El sexo cerebral, psicológico, coincide o no con el corporal, y da lugar a un amplio margen de estilos de varones y mujeres. El cerebro tiene sexo. Esto incluye que hay personas transexuales, que se sienten del sexo opuesto al de su cuerpo”. Clara y rotunda afirmación que invita a reflexionar de manera alternativa y con mayor profundidad.

 

Norman Fisk en el año 1973, define la disforia de género y constituye la Sociedad para el estudio científico de la disforia de género, lo hace tomando miméticamente la terminología sin revisar la psicopatología. Así que “disforia de género”  lo consideraba como malestar en el género asignado. Unos años después este autor sugiere que “los médicos superen sus prejuicios morales al respecto”. A principios del presente siglo, reconsidera sus planteamientos y modifica el nombre de su sociedad hacia Sociedad Internacional para el estudio científico de la transexualidad.

 

Este capital paso no lo realiza la American Psychiatric Association, en su quinta revisión revisión del DSM (manual para la clasificación de trastornos mentales) persiste en la denominación de “Disforia de Género” incluyéndolo en el eje I de trastornos mentales, todo ello a pesar de múltiples pronunciamientos de grupos de profesionales que solicitaban que lo excluyesen, como fue el grupo de Nancy H. Bartlett; Paul L. Vasey &, William M. Bukowski que lo publica en el año 2000 en Journal American  Academy of Child and Adolescent Psychiatry. No obstante a la hora de configurar los criterios lo hacen en base a características llenas de imprecisión y dominadas por términos del tipo de “marcada incongruencia”, “intenso deseo” o “fuerte convicción”, lo que quiere decir que deja al marco subjetivo del profesional que evalúa la consideración en tal sentido del criterio en cuestión.

 

Ya en 1999 Cohen-Kettenis & Gooren, nos decían que las personas que acuden a las Unidades de Identidad de Género no presentan un mayor índice de patología psiquiátrica grave que la población general. Se completa con un estudio de Bower en 2001, quien concluye diciendo que el criterio diagnóstico que alude a dificultades de funcionamiento personal y social tampoco está presente en todas las personas que acuden a las citadas unidades. Un año antes aparecía un trabajo de Haraldsen & Dahl que concluía de forma rotunda que: la transexualidad ha sido considerada una expresión de sintomatología severa, pero sin evidencia empírica suficiente.

 

En épocas más recientes, el grupo de la Profra, Olson publica dos interesantísimos artículos en el pasado año donde expresa de forma taxativa: Los niños transgénero que han tenido un soporte adecuado para su transición de género a lo largo del proceso de desarrollo, no presentan más signos de ansiedad o depresión que la población de su entorno, salvo quizá una mínima elevación de la respuesta ansiosa como expresión reactiva a la presión social.

 

La OMS está elaborando la nueva revisión de los trastornos mentales. En esta revisión desaparece la transexualidad de los trastornos mentales y aparece en una codificación especial, denominada “códigos Z” que son un conjunto de acontecimiento acompañantes a situaciones que tienen que ver con la salud de las personas, pero que NO son diagnósticos médicos.

 

La propia OMS ha realizado una investigación multicéntrica internacional en México, Brasil, Francia, India, Líbano y Sudáfrica. Solamente se ha publicado el resultado de la muestra de México y ha aparecido en una de las revistas más relevantes del panorama médico, en The Lancet el día 26 de julio de 2016, en esta publicación se dice textualmente: “la afectación psiquiátricas en población transexual es producto de la violencia y discriminación que sufren y no, como se clasifica hasta ahora, como producto de su transexualidad”. Es tan contundente este resultado que el propio Presidente de la Asociación Mexicana de Psiquiatría, el Prof. Eduardo Madrigal, ha declarado: “Si no es una enfermedad ahora resulta que nunca lo fue, que quede claro, no es que antes fuera una enfermedad y ahora ya no”.

 

Un último dato para pensar: el acoso escolar es un fenómeno que se está incrementando y que ya el 50% se presenta vía ciberacoso. Pues bien, la población transexual tiene tres veces más posibilidades de ser acosados que la población no trans. Lo que quiere decir que la transfobia tiene una expresión real de su odio y agresividad hacia estos colectivos de la diversidad, también de forma cobarde y ruín tras el ciberacoso.

 

No me olvido de las familias de estes chiques trans, pero es para abordar en otra ocasión…

 

Ya va siendo hora de aportar datos científicos que apoyen y sustenten la diversidad, aquí solamente he puesto alguna muestra, pero existen muchas más. La tranfobia sí que es una enfermedad de graves consecuencias porque son expresión de una ideología, agresividad y odio cultural que es preciso superar. La defensa de los derechos de la población trans no es una ideología de género, como los colectivos del odio pretenden, sino que es la defensa de los derechos humanos.

 

 

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