Julio Valdeón,mi colega en el IES Jorge Manrique (Eutimio Martin)

 

 

Los comienzos de una actividad profesional quedan atornillados a la memoria. En los años sesenta yo me estrené en el secundario como adjunto interino del catedrático de Historia Julio Valdeón. Nos conocíamos de Valladolid donde nos veíamos en los pasillos de la Universidad cuando él preparaba oposiciones a cátedra y yo remaba aún en 2° año de los cursos comunes en Filosofía y Letras. Los dos éramos sin embargo víctimas de un siniestro Luis Suarez Fernández futuro panegirista y vestal del culto al Generalísimo. Valdeón tuvo que soportarlo como director de tesis doctoral y yo como alumno libre porque se vanagloriaba de no haber aprobado nunca a un libre. Y, en consecuencia me obligó a trasladar a Madrid su matrícula de Historia. Ha tenido este despreciable individuo una memorable descendencia en  el actual rector de la Universidad Juan Carlos I, donde  se ha mostrado digno hijo de su padre ya que ha batido todos los records de plagio en sus trabajos de investigación y conseguirá sin duda la inscripción por derecho propio  en el Guinness de la deshonra académica. De tal palo…

En esta época los catedráticos eran asediados por las editoriales para que impusieran a los alumnos un texto de sus catálogos. Si recuerdo bien recibían por su « colaboración » un 10% al menos del precio de venta. El catedrático se embolsaba, sin escrúpulo alguno, lo que él consideraba un suplemento de sueldo y a nadie se le le ocurría compartir esta gratificación con un subalterno que era quien más lo necesitaba.  A nadie… salvo a Julio Valdeón. La maniobra no le hacía maldita gracia pero ya que no podía hacer nada por evitar el cohecho  al menos no dejaba de  aliviar la menesterosidad de su ayudante.

Valdeón era tan tímido en la vida social como adicto a la justicia  y dignidad en el plano académico. Cuando iba a buscarme a casa si yo no había llegado no entraba en casa como le invitaba mi madre sino que  me esperaba acurrucado en un rincón del portal. Cuando era cuestión de ejercer su profesión no había timidez ni reticencia que le limitara en la obtención de la atención debida.  En cierta ocasión me sorprendió oir voces de discusión acalorada en la secretaría. Creí discernir la voz de Julio pero me resistía a creerlo porque  Valdeón no levantaba nunca la voz en privado.  Incluso tenía  que esforzarse a menudo el interlocutor por entender lo que decía.

La polémica conversación entre Valdeón y Doña Amelia, la directora,  se desarrollaba , mas o menos, en estos términos :

VALDEÓN : ¿Y cuando piensa usted devolver el proyector de  diapositivas para poder utilizarlo yo en clase ?

DOÑA AMELIA : Cuando terminemos de ver en casa las diapositivas de vacaciones, si me acuerdo.

VALDEON :  Pero ese aparato no es de su propiedad. Pertenece al instituto.

DOÑA AMELIA: No veo por qué no puedo utilizarlo yo que soy la directora.

VALDEÓN : Porque no es suyo y no puede usted servirse de lo que no es suyo en detrimento de su propietario.

Doña Amelia no se repuso nunca de semejante falta de respeto. No le cabía en la cabeza que le fuera vedado el acceso al uso privado de cuanto figurara en el centro que ella regía como directora.

Era Julio Valdeón tan exigente con su trabajo como « comprensivo » con el de los alumnos. Yo estoy seguro de que nunca suspendió a nadie en ningún examen final. Argüía : « De todos modos no le va a servir para nada ».  No compartía yo esta generosidad. Me ocurrió en una occasion que un avispado alumno no me entregó el examen escrito. Al devolver los ejercicios me reclamó el suyo.

YO : Pero tu no me has entregado nada.

EL ALUMNO: ¡Cómo no voy a darle el examen!  Lo habrá usted perdido.

Me sentí cogido en la trampa. El alumno esperaba que yo no me pudiera en evidencia  y le diera al menos un aprobado. Le puse a Valdeón al corriente.

– Pues dale el aprobado  y no te compliques la vida. Para lo que le va a servir ».

–  Ni hablar. Luego se va pitorrear de mí con sus compañeros. Te propongo hacerle pasar un oral. Los dos.

– Bueno. Vamos.

Formamos tribunal. Siguiendo el método adoptado en clase, le mostré al alumno la foto de una fachada románica.

  • ¿Qué estilo ?
  • Románico.
  • ¿Fecha ?
  • ‘Siglo XII.

Valdeón me dirige una sonrisa irónica. Yo me veo acorralado. Y se me ocurre :

  • ¿Antes o después de Jesucristo ?
  • Antes de Jesucristo.

Yo puse  a salvo la vanidad del professor novato. No estoy  ahora nada seguro de haber obrado con justicia. Era un alumno muy espabilado que no merecía ponerle trabas.

 

 

 

 

 

 

 

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