Del río al lavadero, el duro oficio de lavandera- J. de la Cruz

 

DEL RÍO AL LAVADERO. EL DURO OFICIO DE LAVANDERA 

Lavandera: un oficio antiguo y de gran dureza

No es habitual, en el primer mundo, encontrar hoy una casa sin lavadora. Las personas de más de 60 años recuerdan, por haberlo visto o vivido, sobretodo en el mundo rural, la necesidad de desplazarse al río o al arroyo para lavar la ropa y los cacharros de cocina. Sólo algunos podían permitirse pagar a alguien para que hiciese, en su lugar, esa ingrata labor, recurriendo al servicio de las lavanderas.

El de lavandera era un oficio reservado a mujeres que encontraban, en esta actividad, un medio de supervivencia. Mujeres al borde de la pobreza, como pone de manifiesto en 1894 el director del Hospital de San Bernabé al crear una escuela gratuita de párvulos “para los hijos de jornaleros pobres, viudas, lavanderas y todos cuantos por su oficio y ocupación no puedan atender á la educación y asistencia de sus niños, deseando que permanezca en ella todo el día, y darles comida cuando los fondos del establecimiento y donativos lo consientan.”

En Palencia, en toda la orilla del río, desde el actual Sotillo hasta el Paseo de la Julia, podía verse a estas mujeres, en invierno y en verano, lavar la ropa propia y ajena. La Dársena del Canal de Castilla era otro lugar frecuentado por las lavanderas, así como algunas zonas del cuérnago.

A la dársena bajaba desde Villalobón Mª Ángeles Frías López, quien el 1 de enero de 2018 cumplió 80 años. Su madre, viuda con ocho hijos, no tenía medios para mantener a todos y, Ángeles entró en una casa de la localidad de Villalobón, de donde era natural, a servir con tan solo 8 años. Allí fue aprendiendo y encargándose de las tareas domésticas, entre ellas lavar la ropa. No disponía Villalobón de agua corriente a finales de los años 40 y principios de los 50 del siglo XX por lo que Ángeles bajaba, unas dos veces al mes, a Palencia a hacer la colada, juntándose con el resto de mozas del pueblo que también iban a lavar

Ángeles, criada de una casa pudiente, llevaba un burro donde cargaba el barreño de cinc con la ropa, y cuatro cántaros que debía llenar de agua al volver. Lavaba habitualmente en la dársena del Canal y algunas veces entre Puentecillas y la fábrica de las Once Paradas. En aquellos años el número de lavanderas era escaso, porque en la ciudad la mayoría de las casas ya disponían de agua. Aun así era importante llegar temprano para coger los mejores sitios, los más soleados y llanos para aposentar bien la banqueta y la tabla de lavar. Las banquetas y sus tablas se alquilaban en una de las casas del Canal situadas en el margen derecho del ramalillo, al finalizar la dársena.

En el siglo XIX, sin embargo, cuando lavar en el río o la dársena era habitual, la compañía del Canal cobraba una cantidad a cada lavandera por usar la dársena, e incluso había cofradías que disponían de banquetas y tablas de lavar ubicadas en las mejoras zonas del río, por las que cobraban. Siempre había quien sacaba beneficio de la necesidad.

Situadas ya en la ribera, Ángeles nos cuenta que primero mojaban la ropa y luego la enjabonaban con casetones de jabón, comprado en algunos casos o hecho en casa con sebo y grasa. Luego se hacía la entresaca, consistente en frotar con fuerza hasta conseguir sacar la suciedad. Posteriormente la aclaraban y volvían a dar un segundo enjabonado con el que esponjaba más la ropa, para luego aclararla y ponerla al sol, bien sobre la hierba que entonces rodeaba la dársena o colgándola entre los árboles  en cuerdas que ataban entre ellos y que a tal propósito llevaban, construyendo un tendedero que luego desmontaban. Una vez al sol, salpicaban las sábanas con una mezcla de agua con lejía para ayudar a blanquear evitando que la ropa amarillease. Algunas prendas, como los buzos de trabajo, necesitaban un lavado más intenso y tenían que golpearse con una tabla para conseguir sacar la suciedad más resistente y adherida.

Las condiciones de trabajo eran duras, sobretodo en invierno, cuando en las orillas se formaba una capa de hielo que había que romper. “Las manos se helaban y no puedo olvidar el dolor de uñas” comenta Ángeles, que instintivamente se lleva las manos hacia la boca exhalando sobre ellas aire caliente. Algunos días hacían un pequeño fuego en una lata para calentarse, pero no era muy conveniente abusar de aquel recurso, porque ese contraste entre frío y calor agudizaba el dolor y terminaba produciendo grietas en las manos. Esos días de invierno “la húmedad y el frio se te metían hasta los huesos y se te mojaba la ropa al estar lavando”. Cuantas infecciones de orina y dolores reumatoides y artrosis se han derivado, sin saberlo entonces, de esta actividad.

La jornada era larga. Ángeles llegaba, con sus compañeras, a las diez de la mañana y permanecía lavando hasta las seis de la tarde, haciendo un descanso para comer. Terminada la labor costaba recuperar la postura y echar a caminar después de tantas horas doblada y volcando la fuerza del cuerpo sobre las manos.

En el siglo XIX, la situación era peor, pues la ropa de los enfermos se lavaba en los mismos sitios que las de los sanos, lo que generaba contagios. De hecho, durante las epidemias de viruela, peste y gripe de ese siglo, el Ayuntamiento delimitaba una zona para lavar la ropa de los enfermos, a fin de evitar la propagación de estas enfermedades. En los periodos de mayor virulencia de las epidemias, incluso se llegó a prohibir el lavado de ropa en el río, tanto de los enfermos como de los sanos.

A todo ello hay que unir las propias riñas entre las lavanderas por el control de los mejores sitios para el lavado, no faltando algunas peleas, incluso el robo de prendas, aunque Ángeles nos cuenta que en su grupo no se dieron estos casos, recordando, sin embargo, el buen ambiente que existía entre las mujeres que bajaban de Villalobón, aunque hubiese también alguna pequeña disputa meramente verbal.

Las primeras propuestas de construir un lavadero

Las duras condiciones de trabajo de este colectivo eran conocidas, y en la mente de los poderes públicos estaba el tratar de mejorarlas, mediante la construcción de un lavadero, que aparece por primera vez documentada en el Ayuntamiento en 1888.  Pero no fue hasta 1892 cuando tuvo visos de convertirse en realidad. En febrero el concejal Pedro Romero presentó un proyecto de lavadero por importe de  15.000 pts, que se situaría debajo de la presa de las Once Paradas. Sin embargo nunca se llegaron a presentar los planos.

Desde este momento, todos los alcaldes expusieron, como uno de los objetivos de su mandato, la construcción de un lavadero. A partir de 1899, incluso aparecen partidas en los presupuestos municipales aunque, la mayoría de las veces, irrisorias. Se realizaron también gestiones con el Canal de Castilla para que cediese la dársena y el ramal para convertirlo en lavadero. A pesar de conseguir la cesión, las obras para adecuarlo al nuevo fin, nunca se iniciaron

Así fue pasando el tiempo: proponiendo nuevas ubicaciones (los terrenos existentes entre  el Palacio Episcopal y el Instituto ubicado en el viejo convento de San Buenaventura), solicitando permisos para tomar aguas del río Carrión, presentando presupuestos, tramitando permisos ante el gobernador para su construcción, etc… Todo quedó en nada, entre otras cosas por la falta de dinero del Ayuntamiento durante esos años.

La construcción del lavadero en el Batán de San Sebastián.

El 26 de diciembre de 1913, 24 años después de la primera iniciativa,  se produjo un nuevo intento. Demetrio Casañé presentó unas bases para construir un lavadero en las que proponía, ante la falta de recursos municipales, que la construcción corriera a cargo de un particular quien lo explotaría en su beneficio. La falta de apoyo de algunos concejales a esta propuesta supuso que la iniciativa no prosperase.

Pero la fortuna se puso de lado del Ayuntamiento: el 11 de febrero de 1914 se informó, en sesión municipal, del fallecimiento de Bernarda Miguel Rodríguez, quien legaba su herencia a la ciudad para construir “un lavadero público y cubierto, con destino y servicio para las lavanderas y demás personas de esta Capital”. Pero el Ayuntamiento no tuvo prisa. Sus integrantes no bajaban al río a lavar.

Dos años después, en abril de 1916, se liquidaron las cuentas de la testamentaría de Bernarda Miguel que ascendían a 11.821,80 pts. y tres pequeñas tierras valoradas en 158,50 pts. solicitando al arquitecto municipal Jacobo Romero que diseñase el proyecto. El deseo de la finada era que el lavadero se construyese en el distrito al que ella pertenecía, eligiéndose, por este motivo, la zona del Batán de San Sebastián. El coste final, según presupuesto, ascendía a 18.606,63 pts., haciéndose cargo el Ayuntamiento de la diferencia.

El proyecto fue aprobado en mayo. Un mes después, el 19 de junio de 1916, el gobernador lo devolvió aprobado. En agosto se presentaron las condiciones económicas para proceder a la subasta de las obras, que se llevó a efecto el 10 de noviembre, recayendo en el constructor Pedro Grajal Semprún.

Las obras se iniciaron por fin al año siguiente y el lavadero tenía que estar en funcionamiento el 15 de noviembre de 1917, pero el contratista no lo terminó hasta el 5 de diciembre.

La situación política retrasó un poco más su apertura. El 5 de diciembre, día que terminaron las obras, se recibió una orden del gobierno por la que se cesaba a todos los alcaldes de España, debiendo proceder a una nueva elección. El entonces alcalde Carlos Martínez Azcoitia, cesó en su cargo, y se procedió a una nueva votación entre los concejales, sin que ningún candidato obtuviese la mayoría suficiente. Esto hizo que el procedimiento tuviese que repetirse el 12 de diciembre, obteniendo Carlos Martínez Azcoitia, esta vez sí, los votos suficientes para poder volver a ocupar la alcaldía.

Pero era una situación temporal, ya que en noviembre se habían celebrado  nuevas elecciones municipales, por lo que el 1 de enero de 1918, se sustituiría a la mitad de los concejales y se tendría que volver a elegir nuevo alcalde, cargo que recayó en Hermenegildo Gandarillas. Por ello las decisiones municipales quedaron brevemente paralizadas, entre ellas la puesta en funcionamiento del lavadero. Finalmente, el 4 de enero el alcalde promulgó un bando con las condiciones para su uso. Unos días más tarde, el 14, por fin se abrió al público, ¡30 años después del primer intento!

El coste total ascendió a 26.541,07 pts., es decir, 8.000 pts. más de lo inicialmente presupuestado. La donación de Bernarda Miguel había cubierto algo más del 40% del precio final.

   FOTO DEL ARCHIVO HISTÓRICO PROVINCIAL DE PALENCIA

Quejas y reformas

 

El lavadero era un edificio cubierto, bastante iluminado, con unas grandes pilas centrales para el aclarado y otras pilas pequeñas individuales, en uno de los laterales, para el enjabonado y el entresacado. Al poco de su apertura las usuarias fueron ya detectando algunas deficiencias, unas de tipo constructivo y otras sanitarias. Muy significativa era la altura de las pilas centrales para aclarar, demasiado elevada, obligando a una posición muy incómoda. Se echaba también en falta un espacio para tender la ropa, así como un retrete. Carecía, además, de una caseta para la persona encargada de la custodia del edificio y un lugar en el que dejar la ropa que no se había podido lavar para hacerlo al día siguiente, sin tener que acarrearla de nuevo.

Tampoco era del agrado de las usuarias el precio que había que pagar por su utilización, establecido en cinco céntimos. De hecho, en 1917, antes de abrirse al público, el Ayuntamiento consignaba, en el presupuesto de 1918, 2000 pts. en concepto de ingresos por uso del lavadero. El Diario Palentino clamaba contra esta decisión pudiendo leer en sus páginas del 28 de noviembre de 1917: “Del lavadero municipal, dice el señor Azcoitia que se van a obtener 2.000 pts. de ingresos. Es decir, que las desgraciadas lavanderas tendrán que trabajar… para el Ayuntamiento.  ¿No hay algún capítulo de donde ahorrar 2.000 pesetas, para evitar que las lavanderas hayan de pagarlas?”.

Para corregir algunas deficiencias y acallar quejas, el Ayuntamiento introdujo algunas mejoras  durante la primera mitad de 1918: Colocó un enrejado de madera que aislaba a las mujeres del agua que caía al suelo y minimizaba, un poco, la elevada altura de las pilas. Además lo dotó de bancos, donde poder sentarse a descansar o a esperar el turno de lavado. Así mismo se destinó como conserje del lavadero a Segundo Alonso, hasta ese momento empleado de consumos.

No tuvo, sin embargo, una larga vida esta construcción, pues permaneció en activo algo menos de 25 años, siendo 1940 el último en que estuvo en servicio, cuando en la plantilla municipal aparece aún una “encargada del lavadero público”. El edificio se mantendría unos años más en pie hasta que desapareció en la década de los 50. La progresiva introducción de agua en los domicilios lo había convertido en innecesario.

Javier de la Cruz

Doctor en Historia

—– La foto de portada pertenece al ARCHIVO HISTÓRICO PROVINCIAL DE PALENCIA.

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