‘Carta de un desconocido’ por Jacob Iglesias de Guzmán

(imagen de Getty Images)

Con El mundo de ayer, Stefan Zweig quiso escribir sus memorias y acabó redactando un testamento. También el acta de defunción de la Europa liberal y cosmopolita en la que había crecido. Escrito entre la primavera y el otoño de 1941, cerca de cumplir 60 años y errante en su exilio por América, Zweig se propuso dar vía libre a los recuerdos para que fueran ellos los que contaran su vida.

                Stefan Zweig había nacido en la Viena del Imperio Austrohúngaro. Es la época que denomina “el mundo de la seguridad”, y que coincide con el esplendor del liberalismo. Una época que describe inspirado más por la nostalgia del desterrado que por la mirada histórica. Al retratar su Viena como una ciudad próspera y despreocupada, donde más que los asuntos políticos interesaba el último estreno de ópera, confunde el retrato de una minoría, la alta burguesía a la que pertenece, con el retrato de un país que ya empezaba a mostrar grietas políticas y sociales.

Pero antes de que la I Guerra Mundial acabe con un continente en el que se podía viajar sin pasaportes, Zweig se dedica a peregrinar por las capitales europeas, donde buscará y tratará a figuras hoy universales (Rodin, Rilke, Herzl) y otras entonces prestigiosas y que actualmente tenemos que buscar en Wikipedia (Emile Verhaeren, Romain Rolland).

Leyendo El mundo de ayer conoceremos más de estos personajes y de su relación con el autor que de la propia vida familiar de Zweig. Sus esposas, Friderike y Charlotte, nunca aparecen mencionadas por su nombre en estas páginas, y solo de pasada nos enteramos de su estado civil. Quizá fuera por un sentido burgués del pudor. Pero sospecho que a Zweig no le interesaba ofrecer un testimonio de su vida íntima, sino más bien de su vida intelectual, dando fe de las luces de una Europa irrecuperable que alumbrarían a las generaciones futuras.

Tras el desastre íntimo que supuso para el autor austriaco la I Guerra Mundial y sus consecuencias, es decir, el fin de ese “mundo de ayer” idealizado, vinieron los años de fama. El éxito mundial de la obra de Zweig se explica con dos pulsiones burguesas: el pragmatismo y el deseo de subversión del orden. Sus ensayos biográficos, de amena erudición, hacían de la lectura algo más que un pasatiempo; sus narraciones, frecuentemente protagonizadas por criaturas que se enfrentan a las convenciones, alimentaban ese afán secreto de revolcarse en lo prohibido antes de cenar en familia.

Pero cuando su vida parecía encaminada a discurrir en el retiro amable de Salzburgo, llegó el nazismo. Hitler se convertirá en una amenaza abstracta de la que huye durante el resto de sus días. Es entonces, cuando asoma el fantasma del fin de la libertad, cuando las páginas de sus memorias se vuelven dramáticamente memorables. Un aviso no sabemos si redactado desde la lucidez profética o desde la paranoia persecutoria.

Mientras escribe sus memorias, Zweig padece en Nueva York el desarraigo, pero también se siente a salvo del hundimiento de Europa. Hasta Pearl Harbour. Entonces Petrópolis, la ciudad de descanso de las clases altas de Río de Janeiro donde interrumpe su vida errante, tampoco era ya un lugar seguro. Ya no había para él y Lotte un rincón libre de guerra y tiranía en todo el orbe. Zweig, cansado de escapar y sin fuerzas para soportar una guerra que intuye aún duradera, se suicida junto a su esposa, Charlotte Altmann, el 22 de febrero de 1942.

En una semblanza del austriaco, especula Mauricio Wiesenthal que habría que fundar un Estado del Dolor al que pertenecerían todos aquellos cuya nacionalidad sea el sufrimiento. Zweig mereció pertenecer a ese Estado. Desterrado del paraíso vienés de su infancia, sufrió un exilio, primero sentimental, más tarde físico. Sufrió una mente especialmente dotada para olfatear cualquier amenaza a la libertad individual en una época en la que el individuo era mano de obra o herramienta ideológica. Nos advirtió con El mundo de ayer que a veces hay que saber decir “no” a nuestra época y decir “sí” a nosotros mismos. Porque en ocasiones la gran renuncia del poema de Kavafis es la más noble forma de resistencia a la barbarie.

Jacob Iglesias de Guzmán

 

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